Muchas veces me empeño

Muchas veces me empeño, y pocas lo consigo. Oigo la misma frase siempre, en imperativo, cómo si fuera tan fácil. Caigo una vez y otra en el masoquista juego de recordarte, de echarte de menos, y de buscarte por las calles. Apareces cada cierto tiempo, condenándome al recuerdo, afincándome en el deseo de la aspereza de tus manos, de la frialdad de tu mirada. Me recorres la espalda a mordiscos, empachándote de mí, con la avidez propia de los buitres, que necesitan la carroña para alimentarse.

¿Acaso soy yo un muerto? No quiero creer que me niego el futuro, aunque busque entre los saldos sabores y olores que emboten mis sensaciones, que por un momento, fugaz y doloroso, te sustituyan. Cuando la oscuridad de tu cuerpo se sienta a mi lado, mis manos se empeñan en taladrarse al asiento para no salir corriendo en busca de tus facciones, pero no lo consiguen, y menos mis ojos, perritos falderos que imploran las migas de pan que caen de tu mesa, del altar allí donde mi amor te ha colocado.

Juegas conmigo, lo sé; como sé, a ciencia incierta, que me deseas, que tú también me echas de menos, que tampoco me olvidas, que para tí mis besos también son veneno. Descubro en el timbre de tu voz, en tus silencios, la interna necesidad que tienes de mi cuerpo, ojalá también de mi tiempo, porque mi alma ya la tienes, porque ya tienes mis sesos.

El amor que dudo un día me tuvieras, se fue mucho antes que tú. Y aún te recuerdo, porque no soy capaz de olvidar, calle Hortaleza arriba, girando la cabeza, incapaz de escupirme a la cara que ya no me sueñas. Y ahora vuelves, chapoteando en el agua de mis ojos, sin reparo, a hacerme daño, adentrándote en mi vida, impregnando mi colchón de vapores que no se irán en demasiado tiempo.

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