Sí Antes de empezar

Me obligas a olvidarte, y no me dices como hacerlo. Si es lo que yo quiero, si eso pretendo…, pero, ¿cómo conseguirlo? Me obligas a desnombrarte justo en el crucial momento en el que estás dentro. Escucho una canción, para tantos desconocida, para mi, himno en este duelo… “no puedo mirar para otro lado, he tenido dentro tu mirada…”

¿Cómo olvidar tus manos frías, tus besos secos, tus palabras, tus promesas? ¿Cómo ausentarme de tu cuerpo…?

 Sí Antes de empezar, un AVISO: puede ser que ésto sea largo, pero no me importa que no se lea, porque sólo espero que llegue una persona. Antes de continuar, una PREMISA: lo que aquí leas no es una inspiración divina, son palabras, intentos burdos de hacerte ver que me equivoco, y mucho, y por lo tanto te pido que lo veas como eso, palabras, no piedras, no puñales, no intentos de herir, tampoco de convencerte, aunque ojalá, sólo palabras, a veces poco claras, ambiguas, que depende del lector, de sus sentimientos y de su circunstancia.
¿Mi circunstancia? Me duele enormemente haber herido, no haber utilizado la calma y las neuronas, haberme puesto a gritar noes sonoros, mirándome el ombligo como el mejor paisaje al que asomarme. He aprendido varias cosas, entre ellas que lo que escribo en el blog, igual que le llega a mucha gente de forma positiva, puede hacer daño de forma individual. Duro aprendizaje. He descubierto que me importas, que por alguna razón me hace sentir mal tu dureza, ojalá pudieras ver mi cara, tontamente me he puesto a llorar, ojalá tuviera la oportunidad de decirte que tu voz es bonita, no por su timbre, sino por su calor, y que es de estúpido taparse los oídos, negándose a escuchar.

Muchas veces me empeño

Muchas veces me empeño, y pocas lo consigo. Oigo la misma frase siempre, en imperativo, cómo si fuera tan fácil. Caigo una vez y otra en el masoquista juego de recordarte, de echarte de menos, y de buscarte por las calles. Apareces cada cierto tiempo, condenándome al recuerdo, afincándome en el deseo de la aspereza de tus manos, de la frialdad de tu mirada. Me recorres la espalda a mordiscos, empachándote de mí, con la avidez propia de los buitres, que necesitan la carroña para alimentarse.

¿Acaso soy yo un muerto? No quiero creer que me niego el futuro, aunque busque entre los saldos sabores y olores que emboten mis sensaciones, que por un momento, fugaz y doloroso, te sustituyan. Cuando la oscuridad de tu cuerpo se sienta a mi lado, mis manos se empeñan en taladrarse al asiento para no salir corriendo en busca de tus facciones, pero no lo consiguen, y menos mis ojos, perritos falderos que imploran las migas de pan que caen de tu mesa, del altar allí donde mi amor te ha colocado.

Juegas conmigo, lo sé; como sé, a ciencia incierta, que me deseas, que tú también me echas de menos, que tampoco me olvidas, que para tí mis besos también son veneno. Descubro en el timbre de tu voz, en tus silencios, la interna necesidad que tienes de mi cuerpo, ojalá también de mi tiempo, porque mi alma ya la tienes, porque ya tienes mis sesos.

El amor que dudo un día me tuvieras, se fue mucho antes que tú. Y aún te recuerdo, porque no soy capaz de olvidar, calle Hortaleza arriba, girando la cabeza, incapaz de escupirme a la cara que ya no me sueñas. Y ahora vuelves, chapoteando en el agua de mis ojos, sin reparo, a hacerme daño, adentrándote en mi vida, impregnando mi colchón de vapores que no se irán en demasiado tiempo.